Historias para viajar I

En esta entrada publicamos algunos de los relatos de John A. Benito, escritor Bogotano y amigo de la casa que nos ha abierto las puertas para compartir sus historias.

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Afuera

El niño llevaba un buen rato con los brazos apoyados en el borde de la ventana, mirando hacia afuera, sin poner atención a lo que su madre le decía. Era el mismo trayecto de los sábados para visitar a los abuelos, pero eso no importaba. Pronto el horizonte cambió de color y se le dibujó una sonrisa en el rostro al ver lo que emergía de entre los edificios. Uno a uno, los pasajeros del tren se fueron asombrando del resplandor allá afuera, hasta que el niño dejó de reír y todo volvió a ser igual que siempre.

Regreso

No quiero saber cuánto tiempo queda para llegar al final del trayecto, trato de no mirar por la ventana, de no escuchar lo que anuncian los altavoces, pero es inminente que me acerco aprisa. Alguien, del otro lado, me reconocerá, gritará mi nombre entre la gente y correrán hacia mí. El equipaje está lleno de regalos para ellos, pero una parte de mí no volvió conmigo, aún se sigue agitando bajo las sábanas de un cuarto al que no podré volver. Tengo su nombre, y sé que la piel tarde o temprano encuentra el camino de regreso.

El escritor

Cuando llegó a ese punto, ese fatídico punto en que no se le ocurría qué más poner a hacer al personaje del cuento que escribía, optó por ponerse en su lugar, en sus zapatos; de entrar al cuento e intercambiar papeles con el personaje. Entonces el escritor, ahora inmóvil en el cuento, empezó a ver que el personaje que dictaba sus acciones, volteaba a mirar la hora en el reloj de la pared, se levantaba de la silla con la excusa de estirar las piernas, de mirar a través de la ventana cómo se había ido la tarde entera en un cuarto a media luz, de ir a calentar un café para darse cuenta de que el azúcar se había acabado y que debía comprar más antes de que cerrara el supermercado. Él mismo vio, desde su papel de escritor inactivo, al personaje sacando una chaqueta del clóset y buscando las llaves de la habitación por todos lados. Hubiera querido decirle que estaban junto a la estufa, como siempre, pero en su quietud no pudo hacerlo; tarde o temprano las iba a encontrar. Al cabo de un rato, tomó la chaqueta, las llaves y la billetera. Antes de salir, volteó a mirar hacia donde estaba el escritor inmóvil del cuento. Se quedaron viendo un par de segundos, y una risa socarrona se dibujó en el que estaba en la puerta. El escritor quedó atrapado.

Hiperventilación

Ella lo sabía, lo sabía muy bien, no solo porque lo amó en algún momento de su vida, sino porque tuvo que presenciar esa escena en más de una ocasión. Por eso llegó ese día a esa hora, y sin avisarle; por eso esperó tanto tiempo a que casi todos los clientes salieran del lugar, por esa misma razón se sentó en su mesa sin alertar a nadie más que a él, y le dijo lo que le dijo, así, sin omitir palabra, sin darle tiempo de asimilar esas verdades. Cuando alcanzó el callejón para abordarla, ya su agitación lo tendía sobre el suelo. En el último momento pudo verla sentándose a su lado, muda, inmóvil, aguardando su agonía.

Apocalipsis I

Primero cesaron las tildes, luego las comas desaparecieron casi sin darnos cuenta…, más tarde todo se contrajo en una forma irreparable. Una a una las palabras se fueron convirtiendo en símbolos apenas reconocibles para algunos…, al final ya no hubo forma de comunicarse.

Apocalipsis II

No le pareció tan normal que de un momento a otro dejara de soñar mientras dormía. Cuando se lo contó a uno de sus amigos en el almuerzo, este le dijo que le había pasado lo mismo. Rápidamente se supo que era un hecho generalizado. La siquiatría dijo no tener explicación. La iglesia llamó al arrepentimiento y la culpa. En menos de tres años la producción musical, artística
y literaria cesó por completo. El gobierno tuvo que aprobar una ley de deceso voluntario.

Ella

Ella se maquilla para mí. Todos los días en la mañana se pone tras del espejo para iniciar ese ritual de luz y sombras. Yo la veo discretamente para no evidenciar mi sumo interés en su transfiguración. Los lunes es sobrecargo, sobria y complaciente con las sonrisas. Los martes tiene los ojos de una reina egipcia. Los miércoles es chica Bond, audaz, fría, peligrosa. Los jueves tarda en decidirlo pero sé que termina cediendo a mi deseo del carmín en los labios. Los viernes no me deja sugerirle nada y abraza el mundo de las tinieblas. Cuando bajo del autobús me pregunto si me reconocerá en el reflejo de la ventana, cuando cada día le hago saber sin palabras que quedó bien, donde sea que vaya.

El mensaje

Sabía que ella encontraría el mensaje solamente cuando llegara a la última página del libro. Tuvo especial cuidado en dejarlo fuera de la vista de cualquier inspección rápida o de su uso normal, aun con el trato rudo que ella solía darles. Escogió muy bien el papel, la tinta de las breves palabras, la cantidad exacta de veneno para que un solo corte en la piel fuera suficiente.

Intríngulis

Cuando escuchó los pasos en el jardín a media noche, no abrió inocentemente la puerta que da al exterior, tampoco abrió las escaleras del desván al oír el viejo florero romperse contra el suelo. Tras el chirrido de la puerta, no cometió el error de asomarse al pasillo con la luz apagada, ni de salir con las manos vacías. No, no era tan confiada como para depender solo de la línea telefónica de la casa. Tenía a mano siempre un pequeño revolver cargado, una copia de las llaves del auto y los espejos suficientes para darse cuenta si alguien la acechaba por la espalda. Aún así no fue suficiente. El asesino la conocía muy bien, se había casado con ella.